En aquel épico acontecimiento, las hazañas del marinero Fuentealba y el cabo Odger fueron de tal magnitud que, - con justa razón - acapararon toda la atención, postergando a segundo plano otros hechos dignos de rememorar.
Próximos a la ceremonia conmemorativa, que la Cofradía “Contingente 59” y el Centro Naval “La Esmeralda”, realizan en recuerdo a nuestros “Héroes de la Paz”, con motivo del trágico hundimiento de la ATF 65 “Janequeo”, se hace ineludible también, dar a conocer otros actos notables, que enmarcaron los hechos de aquel fatídico accidente naval, que conmocionó a toda la nación y que pusieron en realce el temperamento y el espíritu bravío de nuestros hombres de mar.
El temporal huracanado arreciaba, y la averiada escampavía “Janequeo”, había terminado de cortar anclas y, - al garete - en la cresta de una inmensa ola, se abalanzaba rauda en dirección de la Roca Campanario. La fuerza del impacto fue terrorífica; la hecatombe convocaba a la tripulación, que ya había recibido orden de abandonar la nave y, se aprestaban a luchar por sus vidas.
En efecto, en el transcurso de la tragedia, el entonces cabo Luis Vargas Garrido, de 33 años de edad, era tripulación de la “Janequeo”, y maniobraba como patrón en la ballenera; cuya principal tarea era transportar el cable de remolque, con el que se pretendía desvarar al “Leucotón”, que se encontraba varado en un banco de arenas, a orillas de la playa de la caleta.
Al momento del descomunal choque, él fue lanzado y azotado violentamente contra las rocas, resultando con fracturas en sus mandíbulas y sus dos piernas, a la altura de las rodillas. Brutalmente herido, trató de asirse a la roca, hincando sus uñas entre las resbalosas algas, que dificultaban sus esfuerzos; sumados al hecho de que ambas manos estaban heridas, a causa de las maniobras del grueso cable de remolque; además que, debido a las bajísimas temperaturas, sus miembros estaban absolutamente agarrotados e insensibles. No obstante, pese a lo álgido que resultaba el momento, vino a su mente la imagen de su esposa y sus siete hijos, a los que probablemente no volvería a ver. Conmovido, elevó su plegaria al Padre, pidiendo ayuda; necesitaba sobrevivir, principalmente por ellos…, su familia.
Su plegaria fue escuchada, y a los pocos minutos, una secuencia de olas lo acercaría a la playa. Flotó en esa dirección, junto a varios cuerpos de sus compañeros de mar; algunos, horriblemente mutilados; otros - ya sin vida -, flotaban macabramente a la deriva; en tanto, los más tenaces, luchaban bravamente, palmo a palmo; brazada tras brazada, disputando la sobrevivencia al encarnizado mar.
Con esa visión dantesca atenazando su alma y los dolores lacerantes de sus graves heridas, logró a duras penas llegar a la playa, en donde fue rescatado. Bastante maltrecho, - al borde de la muerte - fue llevado por los lugareños a una de sus chozas, en donde se le prestaron los primeros auxilios; amarraron dos maderos a sus fracturadas piernas y le brindaron cobijo hasta el día siguiente, en que fue trasbordado en helicóptero al “Crucero O’Higgins”, con posterior rumbo a Valparaíso.
El tiempo transcurrió y la tragedia no doblegó su espíritu marinero, ni el horror de lo vivido impidió perpetuar lo que es la pasión de su vida; continuó navegando, y prestó servicios a la Armada de Chile, hasta completar 30 años. Fue llamado a retiro, en el año 1980.
Hoy, después de 47 años de transcurrido el naufragio, el S.O. ® Luis Vargas Garrido., a sus 80 años de edad, recuerda emocionado los hechos: “Gracias a Dios logré salvarme; y también al chaleco salvavidas, ya que su uso era obligatorio en las maniobras de la ballenera, y yo lo llevaba puesto. Lamentablemente faltaron salvavidas, debido a que muchos se utilizaron en maniobras para mantener a flote el cable de remolque”
Luego, concluye recordando que: el año 1972, siete años después de la tragedia, - siendo tripulante del Destructor “Riveros” - mientras navegaban a la cuadra de la Caleta Lliuco, - escenario de la desventura – y; estando a la vista la fatídica Roca Campanario, escuchó íntimamente la voz de su gran amigo el Cabo 1º (Art.) Sergio Rodríguez Yébenes, - también fallecido en el naufragio – que le señalaba:
“Aún permanecemos aquí; solo nos iremos hasta que el último de los sobrevivientes se haya ido.”
Y así, como las estrellas titilantes emergen en el firmamento para engalanar la noche; del mismo modo, brotan los recuerdos en la mente serena, para fortalecer el espíritu; y al paso del infortunio que estremece la existencia, el alma se prosterna reverente ante el Creador; como el junco, que humilde se doblega ante la poderosa fuerza del viento, a la espera que amaine la tormenta para volver a erguirse fuerte, renovada y fortalecida.
Finalmente, no podemos pasar por alto, al grupo de esforzados y humildes pescadores de la Caleta Lliuco, - en su mayoría de origen Huilliche -, quienes ante tan abrumadora tragedia, fueron en auxilio, como saben hacerlo nuestros sencillos hombres de mar, que conocen el rigor de nuestro litoral y, - por sobre todo – el verdadero sentimiento de entrega, humanidad y amor por sus semejantes.
Recordemos las palabras - a poco de la tragedia -, del cabo (Rd) Cornelio Andrade Vejar: “Todos tenemos que agradecer a los pescadores de la Caleta Lliuco. Se sacaron sus ropas para abrigarnos y, a ellos, en mayor parte le debemos la vida. Sin su intervención habríamos muerto de frío.”
Fueron 28 los sobrevivientes de esta tragedia; muchos de los cuales ya han partido, y los que aún viven, - sin lugar a dudas - en lo profundo de sus almas, alberga en íntimo secreto, una historia por relatar.
Para ellos, “estos intrépidos marinos”, custodios de nuestra soberanía, que sobrepasaron los límites del cumplimiento del deber, vayan nuestros reconocimientos, admiración y por sobre todo, profundo respeto.















